Centro de Estudiantes de Ingeniería de Sistemas

Humanismo Tecnológico

Posted on: junio 22, 2008

EL HUMANISMO TECNOLÓGICO

Miguel-Angel Davara Rodríguez

Estamos presenciando impasibles – o impotentes -, una loca carrera en la que se centra el éxito en la mayor o menor utilización de los medios que proporcionan las tecnologías de la información y las comunicaciones y, en particular, en la mayor o menor presencia en Internet; todo el mundo navega por Internet aunque, irónicamente, pensamos que, como mucho, flotan en la red, porque para navegar hace falta rumbo y los incontrolados accesos a Internet, diciendo estar en un lugar que nadie garantiza que se encuentra, es flotar y, si se me apura, a la deriva.

La realidad indica que en el mundo profesional es necesario estar en Internet, no se es nadie, si no se está en Internet; cuando se encargan unas sencillas tarjetas de presentación profesional, el artista pregunta confiado que cuál es nuestra dirección de correo electrónico y de nuestra web; hay que estar en la red, a veces más como imagen que por su efectividad práctica.

Por otra parte, marean los números que se manejan acerca de Internet y, curiosamente, en muchas ocasiones ni siquiera se aproximan para poder pensar que tienen un mínimo de fiabilidad; las cifras empiezan también a dispararse sobre la utilización del comercio electrónico. Hace pocos años, en la cumbre de Lisboa, los Presidentes de los quince (en aquél entonces eran quince), acordaron un programa de desarrollo centrado en gran medida en las tecnologías de la información y las comunicaciones y en la utilización del comercio electrónico y de Internet y, curiosamente, todo esto ocurre en un momento en el que casi el cuarenta por ciento de la humanidad nunca, jamás, ha hecho ni recibido una llamada telefónica; estadística que se pierde en el comentario jocoso de la normalidad a la hora de cenar de una familia media perteneciente a un país desarrollado.

Pero estos grandes números, y las potencialidades económicas de empresas tecnológicas –o cuya actividad gira alrededor de un supuesto negocio en las redes de comunicaciones electrónicas y el desarrollo y distribución de productos y servicios basados en las tecnologías de la información y comunicaciones-, así como los acuerdos, fusiones o asociaciones que frecuentemente se producen, para adquirir, mediante el tamaño, una fuerza capaz de abrirse paso en este difícil y novedoso mercado global, se encuentran lejos, en ocasiones, de nuestra comprensión y, generalmente, de nuestro poder de decisión. Sin embargo, van cercando el camino y marcando los límites que diseñarán en un futuro muy cercano nuestro ámbito de actividad, nuestro desarrollo profesional y hasta nuestros momentos de ocio. Esos límites revelan un futuro en el que primará el comercio electrónico y la posibilidad de navegar a través de redes en un mundo de servicios multimedia, interactivos, que proporcione una nueva dinámica a las actividades profesionales, mercantiles, privadas, de ocio e incluso del hogar, haciendo que la denominada sociedad de la información abarque a todos creando unas nuevas clases sociales y, sin duda alguna, una nueva masa marginal.

Decimos esto porque, hasta ahora, la marginación se encontraba en ambientes y lugares distintos, incluso distantes, de nuestro ámbito social y cultural; a partir de ahora, probablemente, la marginación se sentará en el sofá del cuarto de estar al tener todos algún familiar, o nosotros mismos, que no haya podido adecuarse a este nuevo escenario comercial y laboral que se presenta.

El mercado laboral, e incluso el concepto de trabajo, varía de forma radical. Si es cierto que con el aprovechamiento de los medios tecnológicos se disminuirá el paro, se crearán puestos de trabajo, también es cierto que se perderán otros y, aunque aquéllos sean mayor en número que éstos, las personas que, en su plenitud laboral se encuentren en una situación imposible de reconvertir se verán marginados aunque se les proporcione una economía suficiente, incluso sobrada, que puede llegar a ser calificada como indigna.

No cabe duda de que la irrupción social de las tecnologías de la información en el ámbito profesional está produciendo una revolución que demanda urgentemente cambios que signifiquen la adaptación de la estructura social a la introducción de unos nuevos métodos de trabajo y de presentación al exterior. Nos encontramos ante una revolución, sin revolución.

Se están provocando orientaciones diferentes en los hábitos de formación, de convivencia y de trabajo, que inciden directamente en el entorno de las actividades, desde dos puntos básicos de vista: En primer lugar en el aspecto interno, respecto a cambios estructurales, formativos, económicos y de trabajo, entre otros, y en segundo lugar en el aspecto externo, respecto a las relaciones con terceros.

Como consecuencia de todo ello, se abren nuevos campos de actividad; o se cierran viejos campos de actividad; o se modifican los campos de actividad; lo podemos llamar como queramos pero lo cierto es que se entra en un ambiente competitivo en el que incluso el profesional o la empresa más renuente, ante las ventajas que se le presentan, o ante el peligro de desaparecer del mercado por su falta de competitividad, se prepara para entrar en el juego de la utilización de las tecnologías de la información y las comunicaciones.

Qué duda cabe que se cambian los hábitos en el momento de preparar, de analizar o de realizar un trabajo y, en otro caso, es posible que no se pueda competir.

La clásica oficina ya solamente necesita un ordenador, con un módem, y conexión telefónica, pudiendo instalarse lo mismo en la habitación de un hotel, que en la sala de espera de un aeropuerto, en la sede de los juzgados, o en el jardín de la casa de descanso. Es el prototipo de lo que se ha dado en llamar una “oficina virtual”; pero no se trata de una oficina virtual, sino de una oficina real, o un nuevo concepto de oficina. La carga de medios y recursos -que no ocasionan más que una situación estática, a veces inamovible, y que condiciona, incluso, la estructura de trabajo y el resultado de las actividades-, de la oficina tradicional no tiene otro sentido que el de la imposibilidad de realizar las labores rutinarias de otra forma por los medios que se dispone.

Ahora bien, no podemos mostrar un mensaje pesimista cuando lo que pretendemos, y estamos totalmente convencidos de ello, es lo contrario, siempre que entre todos pongamos esfuerzo y generosidad, grano a grano, mediante formación e información, para lograr la adaptación del trabajo, usos y costumbres al nuevo escenario que se presenta.

Como indicaba el denominado “Informe Gore”, sobre la infraestructura americana de comunicaciones, crear puestos de trabajo, impulsar el crecimiento, proveer servicios de mayor calidad y menor coste por parte de la Administración Pública y preparar a nuestros hijos para el frenético mundo laboral del siglo XXI utilizando las tecnologías de la información y las comunicaciones, es tarea de todos y a todos alcanza la responsabilidad derivada de su adaptación en el marco adecuado, social y político.

Si bien es cierto que existe mentalidad de adaptación y gran receptividad a lo que se ha dado en llamar el desarrollo tecnológico, también es cierto que la cultura sobre él es mínima y la despreocupación – seguramente ante problemas más acuciantes, cercanos y de mayor incidencia en el aspecto material o de repercusión inmediata en la persona-, es grande o total.

Solamente una educación conjunta y una madurez política de los ciudadanos, pueden llevar a alcanzar con plenitud ese mercado que representa un espectacular cambio en las relaciones comerciales, económicas y culturales que necesita autoadaptación, con una dinámica autorregulante de actitudes y comportamientos.

El problema puede surgir de la inseguridad que proporciona la duda y el desconocimiento por una falta de formación y adaptación de métodos y medios a la actividad profesional.

Por tanto, consideramos que es tarea nuestra, que somos protagonistas y podemos marcar el camino que, con la utilización de las tecnologías de la información y las comunicaciones, lleve a la consecución de un desarrollo social más justo y digno.

Pensemos que no todo lo que se puede hacer utilizando la tecnología es conveniente que sea hecho; deviene necesario buscar el equilibrio entre tecnología y convivencia, con un sentir solidario, de forma que permita desarrollar las cualidades y calidades de la persona en su entorno de libertad.

No debemos olvidar que si la eficacia y el progreso son necesarios, nunca deben ser comprados a un precio en el que esté incluido un recorte en las libertades de la persona. Por otro lado, no es conveniente separar, como día a día se va haciendo, tecnología de humanismo; por el contrario es conveniente unir ambos términos para lograr una interrelación que justifique el progreso de la sociedad junto a su característica básica: el carácter humanitario de la persona. El desarrollo tecnológico debe ir así avanzando, en paralelo, haciendo siempre referencia al bien del género humano, en lo que podemos llamar el “humanismo tecnológico“.

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